Un cuento de José B. Adolph: La reina africana
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| José B. Adolph |
EN LA
SELVA
—Creo—
dice Adofo Hola Fela— que ésta es una excelente oportunidad.
— De
acuerdo, oh Excelso— responde Nkechi Mariama—. Pero tenemos que hablar con Nana
Kambiri.
—Llámala.
—Ordena,
amo— se inclina, respetuosa, Nana Kambiri.
Adofo
Hola Fela le palmea el pelado cráneo.
—Te
enseñaremos a ser Madre-Reina.
—¿Madre-Reina,
oh Excelso Padre de la Tribu?
—Verás
qué fácil. Te va a gustar.
—Te
vamos a hacer un lindo trono y todo— interviene Nkechi Mariama.
EN
NUEVA YORK
Barbra
Finkelstein, con el pseudo-African alborotado, entra a la oficina de la
directora de Uniwomen.
—Mira
—dice, jadeando de emoción.
—Sí,
ya sé todo. ¿Qué propones?
—Esto
les cerrará la boca a muchos, dentro y fuera del mundo académico.
—Ah,
qué maravilla —comenta Susan O'Hara—. Qué maravillosa maravilla. Comunícame con
Discovery, con la BBC, con CNN, aunque sea con Animal Planet. Now!
Barbra
apenas puede controlar la emoción.
EN
PARÍS
—¿Y nosotros qué tenemos que ver? —pregunta
Fernanda Torres, directora adjunta de la UNESCO.
—¿Y yo
qué sé? —repregunta Magdaleno John, su secretario.
—Algo
que ver con una tribu matriarcal en no sé qué hueco perdido de África. Las
feministas están revueltas. Y los antropólogos, as. Los sociólogos, as. Los
historiadores, as. Los, las psicoanalistas. Todo el mundo, toda la munda.
—No es
para menos, jefa. Tanto se ha hablado de sociedades matriarcales y nunca se
había visto ninguna.
—Puras
bolas hasta ahora: que si en Creta, que si en Asia Central, que si en
Mesopotamia...
—Siempre
dicen que en Estados Unidos, con el culto a la mamás, o eso de las madres
judías... Y en Polinesia no sé cuándo...
—Ya te
digo, wishful thinking feminista.
—¿Whisky
qué?
—Nada
de whisky. Puros deseos, quiere decir.
—Pero
ahora, ¿quién las va a aguantar?
—Mi
mujer ya me llamó con tono triunfal.
EN
WISCONSIN
—Encárgate
tú, Lionel. Es tu campo.
Lionel
Robinson, catedrático de estudios afroamericanos —un metro ochenta y ocho, ojos
brillantes, piel caoba— miró al rector, William Penshire, con cierto desdén.
—Yo lo
veo más como un asunto para estudios de género.
—No,
no, esto es un asunto étnico.
—Discrepo,
William. ¿Acaso la plata no viene de la ONG Uniwomen?
—Y más
plata puede venir de la ONG Black is Wonderful.
—Hmm.
¿Y qué has pensado?
—Yo
soy el rector. No estoy obligado a pensar.
—Hmm.
¿Nana Kambiri como profesora residente?
—Demasiado
tarde. Ya le están organizando una gira mundial las chicas de Uniwomen.
—¿Doctora
honoris causa?
—Ya
tiene en lista 33 doctorados, 28 de ellos en los Estados Unidos. Piensa,
hombre, piensa.
—Estoy
pensando.
EN LA
SELVA
—Parece
que no les importa que sólo seamos 14 —dice, sonriendo, Nkechi Mariama.
—¿Y
por qué habría de importarles? —responde Adofo Hola Fela—. ¿Estamos hablando de
cantidades? ¿China es más importante porque hay tantos chinos? Aquí lo que
tenemos es una revolución, nada menos. Por primera vez se comprueba que el
patriarcado no es la única forma posible.
—Hmm.
¿Majestad? —agrega, dirigiéndose a Nana Kambiri, que lee «El Segundo Sexo»
arrellanada en su trono.
La
Madre-Reina levanta la vista, incomodada por la interrupción.
—¿Qué
deseas, Adofo?
Adofo
la observa antes de responder a la impertinente pregunta de la Madre-Reina.
Nkechi
Mariama emite una carcajada.
—Con
todo respeto sea dicho, oh Excelso Padre de la Tribu, eres un aprendiz de
brujo. Tu creación se te rebela.
—Ex
Excelso Padre de la Tribu —ríe, a su vez, Nana Kambiri—. Ahora tenemos una
Excelsa Madre, tasada en 300,000 dólares americanos.
—Y esa
es sólo la primera cuota —suspira Adofo Hola Fela.
—300,000
entre 14 sale a 21,428.57 dólares para cada miembro de la tribu —revela Nkechi
Mariama, tras teclear en su laptop.
Con
mirada más bien soñadora, Adofo Hola Fela menea la cabeza, asombrado ante tanta
ingenuidad.
—Querido
Anciano Consejero —murmura finalmente—. Te estás jugando el puesto. El cálculo
es 50,000 para la Madre-Reina, 50,000 para ti, 100,000 para mí y el resto para
la construcción del nuevo palacio real y la carretera de la playa al palacio.
El resto lo pone el Banco Mundial y después privatizamos palacio y autopista.
40% del peaje para las arcas reales.
EN
NUEVA YORK
—A
este paso, alguien se va a traer a casa el Premio Nobel —dice Barbra
Finkelstein, mandándole un beso volado a Susan O'Hara.
—Idiota.
¿Cuál Premio Nobel y para quién?
—Para
Uniwomen.
—Doble
idiota. ¿De literatura? ¿economía? ¿medicina?
—Bueno,
para Nana Kambiri. Ha revolucionado las ciencias sociales. ¿Quién es la idiota?
—Okey,
okey. Pero eso no es lo que importa.
—¿Y
entonces qué es lo que importa? ¿Que la Madre-Reina no usa brassière?
—Graciosa.
Se alarga la nariz con pesas y la pinta de azul, que es lo mismo en su cultura.
No, lo que importa es que al fin tenemos el arma definitiva contra no sólo el
machismo sino contra el maldito patriarcalismo
judeo-cristiano-islámico-hinduista-budista-zoroastrista-baha'i-marxista-psicoanalítico.
Fin, adieu, the end.
—La
Diosa te escuche.
EN
PARÍS
Gran
agitación en el palacio que ocupa UNESCO. Mensajeros corren de aquí para allá y
de regreso. Las computadoras están vibrando, las impresoras escupen textos, los
escáners escanean, los sistemas se cuelgan, las secretarias maldicen.
Hoy
llega Su Graciosa Majestad la Madre-Reina Nana Kambiri, acompañada de sus cinco
asesores masculinos (denominados «varones domados» por la prensa machista). En
casa se quedaron cuatro mujeres al cuidado de los cinco niños, detalle que no
ha pasado desapercibido por la mencionada prensa tendenciosa.
—¿Domados?
—se pregunta Adofo Hola Fela, ojeando Newsweek en el avión que los lleva a
París.
—¿Cómo
es que estos blancos alguna vez tuvieron seso suficiente para colonizarnos?
—pregunta a Nkechi Mariama, que intenta dormitar a su costado.
—No lo
hicieron en base a sesos, jefe —responde Nkechi Mariama.
Adofo
Hola Fela sonríe con su magnífica dentadura.
—Sea
como fuere, mi amigo, hemos ingresado por la puerta grande a la historia de la
nación Ungala, que desde hoy deja de llamarse «tribu», por decisión que acaba
de tomar la Madre-Reina.
Nkechi
echa una mirada a la dormida Madre-Reina, al otro lado del pasillo.
—Amén,
como dicen los misioneros. Creo que les ganamos hasta a los blanquitos de
Andorra, Lichtenstein y San Marino.
—Somos
catorce, ¡pero qué catorce!
Otra
vez soñador, Adofo Hola Fela suspira:
—Nunca
podremos agradecer lo suficiente a nuestras magníficas mujeres.
EN
NUEVA YORK
—Desde
hoy —culmina su discurso en el Madison Square Garden Nana Kambiri— Simone de
Beauvoir y todas las grandes lideresas, escritoras y mártires de nuestra causa
ascienden a la Olimpa. Ha terminado la inicua era del segundo sexo. No más,
compañeras. Ha muerto la envidia del falo. Comienza la era de la envidia de
tetas.
Una
atronadora ovación.
—Pero
nosotras, compañeras, no repetiremos la opresión a que nos sometieron los
machos desde la prehistoria. No habrá discriminación contra los hombres. ¡Con
el fin del patriarcado terminan también el racismo, la sociedad de clases y la
destrucción del medio ambiente!
Nueva
ovación.
—¡La
era de la acuaria ha comenzado de verdad!
En el
estrado, un pensativo Adofo Hola Fela murmura, casi inaudiblemente a Nkechi
Mariama:
—Te
confieso que estoy un poco inquieto.
Nkechi
Mariama asiente.
—Hmmm
—masculla.
Nana
Kambiri los mira en ese instante, con sonrisa triunfal. Y luego sonríe a las
ejecutivas de Uniwomen, a los, as diplomáticos, as, a los, as representantes,
as, de la munda académica y hasta a los, as, elementos, as, de seguridad en la
sala.
—Aprendices
de brujo, efectivamente —tiembla Adofo Hola Fela.
Antes
de caer en un ominoso silencio, aún se escucha la corrección de Nkechi Mariama.
—De
bruja.


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