El enigma del convento






Habrían  pasado cuatro o cinco años desde mi último encuentro con Jorge Eduardo Benavides cuando llegó a mis manos El enigma del convento. Por ese entonces ya reconocía al autor como uno de los predilectos -bendecido y legitimado- de la cofradía Vargas Llosa. 

Mi primer acercamiento había sido la lectura de Los años inútiles, producida en los últimos días de mis últimas vacaciones argentinas. No hago ninguna revelación en resaltar (así me pareció esa vez y aún la habría notado si acaso hubiera releído esta novela) la marcada influencia del Nobel peruano. Los procesos estilísticos y formales deben mucho (quizá demasiado) a novelas como La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. 




Al parecer la crítica se enfocó (quizá demasiado) en los inconvenientes de Benavides por desligarse de la prosa de su paisano. Y sin embargo esta novela cumplió. Por eso cuando me enteré que El enigma en el convento había sido subido a mi página favorita de descarga gratuita libresca ( publicidad a epublibre.org) medité si acaso valía la pena otro viaje vargasllosiano. 

El libro de Benavides arribó en el momento en que un inusitado interes por los años anteriores y posteriores de la independencia del Perú había llegado a mí. Los escenarios con los que nos encontramos en El enigma del convento son ciudades  convulsionadas por las revoluciones y la agitación política. La Arequipa que se debate entre la tradición hispana y los proyectos libertadores  e independentistas. Aquí se ubicará el convento de Santa Catalina depositaria del nombre y la razón de la novela. Así como el Madrid del desgastado imperio y su intento por sacudirse del estigma napoleónico. Entre Perú y España, los personajes tratarán de comprender su lugar en un mundo en constante cambio. 

Sin embargo, se hace muy evidente que las balas gastadas por el autor en pos de desprenderse del mentado tufillo vargasllosiano son las que  le hicieron falta para ejecutar un mejor descenlace. La novela deja un sabor amargo y la impresión de un final apresurado, quizá propiciado por el deseo del autor por resolver su propio enigma o por, quién sabe, la obligatoriedad del compromiso editorial. Ante el viaje a Perú de su sobrina y la actriz Charo Carvajal, el general Goyeche, quien había sido hasta ese momento uno de los protagonistas de la primera parte de la novela, desaparece sin más. Esto no hace tanto ruido como que ciertas monjas se revelen como las antagonistas de la novela en una búsqueda desesperada por sorprender al lector, a pesar de que  las religiosas habían pasado tan desapercibidas hasta esa instancia que su repentino cambio resulta intrascendente. La necesitada resolución de la trama y sus conflictos lleva a un para nada interesante incendio del convento que perpetúa su enigma. Incendio  que funciona no solo para enterrar cartas y pruebas sino para sepultar la novela en el olvido.





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